Lectio Musicae 2

Santiago Chotsourian

No es el año 1570, no es un emigrado en Safed. Y, sin embargo, durante los diecisiete meses siguientes a ese año, fue en Safed que Isaac Luria dicta los libros que revelan los secretos de la creación. El devenir real del mundo, la acción de devolver a cada hecho su cómo.  Así concibió el tikun olam, el tzimtzum halishón. Para Luria, Dios contrae su Ser para hacer espacio a la creación. De manera que contuvo su luz en unos vasos, alguno de los cuales se hicieron añicos. Esos fragmentos, esas chispas atrapadas de luz son el universo que está literalmente quebrado y necesita reparación. 
Contracción y separación. Cuando Dios quiere crear el mundo, retira su luz. Esa luz sufre restricciones, una disminución gradual. Allí se realiza ese paso: de la rotura a la restauración, de lo injusto a lo justo. La luz sagrada que se dispersó entre pedazos nos dice que no hay nada en su sitio, que todo está en el exilio.
No es el año 1570, no dice “es bueno que no entiendan. El intelecto es el reflejo de vuestro egoísmo, es un utensilio en manos del deseo de recibir que está impreso en ustedes; si no quitan el envoltorio exterior y se adhieren a vuestro interior, no entenderán”.
Quizás debamos ir más atrás; no a Jerusalén, a Sulmona, a 150 kilómetros de Roma, al año 43 a C. Otro exilio. Ovidio relatando los orígenes del mundo en su Metamorfosis dota al mito de los elementos de juego bajo una mezcla de géneros pero cuyo centro se encuentra en las figuras tansformadas. Figuras que invocan a los dioses. Cambios en animales, en piedras, en plantas, en fluidificaciones y en los dioses en sí mismos. Las mutaciones suceden bajo la intención de componer una historia universal poética. Ovidio no sugiere un método monocorde sino que combina lo serio y lo no serio.
Una garganta, un pasaje, una transformación, escribe Santiago Chotsourian. ¿Pero quién escribe? El músico cita a Santa Teresa cuando bajo la habitación extática de sus Moradas dice “no soy yo quien escribe”. 
Y en esa conversión ¿quién lee?
“No me leerás. No subsisto como texto para leer sino por la consumación que lentamente te ha retirado el ser al escribir. Nunca sabrás lo que has escrito, aun cuando no escribiste sino para saberlo” dice Maurice Blanchot pensando en Mallarmé cuando se interna en el silencio, cuando comprende el significado detrás del lenguaje, cuando dice “no me leerás si no me has comprendido ya”. En La siesta del fauno es la respiración del animal lo que exhala y otorga su color al texto, es no- lenguaje, disonancias.
Noli me legere. 
¿Tiene esta imposibilidad un valor estético, ético, ontológico? Esta prohibición “tengan a bien no…” guarda un parangón con Eurídice, la petición sumamente humilde de no darse vuelta para verla.
De todos modos, semejante tentación es necesaria. Leemos a Santiago Chotsourian a pesar de que su diario nos dice noli me legere. Nos acercamos a la desnudez de la palabra. Palabras que se abocan, se  nos ofrecen de entrada como una carne no en una filo- sofía que atesorara un saber, sino que amara hilvanando una liturgia de lo común.
La palabra, el acento, el gusto que uno tiene en la boca, el gusto de lo que uno come; el pan. 
No me leerás es otra forma de escribir contra toda semiótica. Y en Lectio musicae 2 es así porque es una escritura del ritmo, y no puede haber semiótica del ritmo. Lo poético no está hecho de signos, sino que pasa a través de los signos. Una epistemología como un control técnico construye estrategias, y aquí estamos frente a una gramática de los silencios.  
Si sôma es cuerpo y sêma signo, cadáver; la escritura de Chotsourian desanda el camino de la verdad- totalidad- unidad de lo semántico para adentrarse lenguajeramente a una relación encarnada con el mundo. En ese sentido, el diario en que consiste la lectio no cuenta historias, es un texto de acoplamientos, de repeticiones, de esquemas sonoros. Metáfora corporal del sentido, de los mordiscos del lenguaje. El texto oye, y al oír obedece. 
Shemá Israel, Escucha Israel, dice la Biblia, escucha que lleva a la obediencia que es un compromiso con la palabra. Santiago Chotsourian nos lleva a escuchar, no a leer. 
Así escuchamos la voz. La voz de la sangre. La sangre que fue una marca que es una voz. 
“¡Caín! En torno a ti nos revolvemos en el lecho del suplicio/ ¿Por qué?/ ¿Por qué al final del amor has/ arrancado a tu hermano la rosa?// Caín- hermano- sin hemano” la poeta Nelly Sachs describe el desquiciamiento de la fuerza, al otro como presa, convertido en sombra. Lazos sanguíneos que también refieren a las relaciones de vecindad geográfica. El hermano, el vecino; su sangre. Ante la pregunta de Dios: “Caín, dónde está tu hermano Abel? ¿qué es lo que has hecho?, el homicida responde con un elecuente: “No sé”. Este no saber es algo muy distinto a la salida retórica: “no he sido yo”; es una desolidarización cuando el hermano se convierte para Caín en un total extraño, perteneciente a un mundo de realidades desconocidas. La negativa de Caín corta todo tipo de relaciones para lo cual Abel ya ni siquiera está en el pensamiento de Caín. La marca de la violencia, la señal que Dios pone sobre Caín, mensaje disuasivo tendiente a desanimar a los agresores por miedo al castigo divino.
Alarido silencioso, mutismo sin silencio que hace de la carne una extraña a las palabas del lenguaje. Los sonidos que vienen a herir los oídos, aprisionan. Tal la paradoja del lenguaje en la lengua del victimario. 
Sin embargo, la palabra es el lugar de la alianza original porque, como dice Eric Weil: “el lenguaje es verdaderamente humano porque permite al hombre llegar al silencio de la mirada, al desinterés”. 
Lo que viene a decirnos Santiago Chotsourian en su Lectio musicae es que la voz no pertenece a ninguno de los dos, flota, es sangre despegándose del cuerpo. Porque la voz surge de un cuerpo pero no es parte de él. Excede el cuerpo, lo prolonga. La voz sería esa sangre compartida en el medio de los dos hermanos, la voz del vecino. Palabra que no es de uno ni de otro, sino una metafísica de la relación. No es hablar, ni escribir, es dar la voz; amar.  La oración en la Justicia de la boca se hace Paz.
Ana Arzoumanian