El arte del ícono por Pablo Gianera

El periodista menciona a la reciente edición de El Arte del icono en su nota de opinión La Luz que no se ve en el Diario La Nación.

En los mejores momentos de quien se dedica a escribir (dará lo mismo que sea en la novela o en el ensayo), ocurre que todo colabora con aquello que está escribiéndose. “Todo” quiere decir: las lecturas y sus accidentes. No habría que pensar que esta imantación se deba a un ordenamiento favorable de los datos del azar. Puede ser más bien que exista en quien trabaja un tipo exasperado de atención que no existía antes y que se perderá poco después de concluido el libro. (Si esa atención, esa colaboración, fuera continua nos debatiríamos entre una imposible escritura sin tregua o la lamentación de lo que ya no se escribirá nunca). Sospecho que algo semejante le pasa a un artista cuyo material (o cuyo material primario) no son las palabras.

Hacia el último tercio de la década de 1960, cuando vivía en México, el pintor Alfredo Hlito empezó a realizar unas efigies que, lejano ya el programa invencionista al que el artista había adherido, tenían un carácter intensamente figurativo. En algún momento, decía, surgió la idea de reunir varias de esas efigies una composición. Entonces entró en juego esa atención aguda y transitoria. Contó Hlito: “Debo enteramente al azar haber pasado de la etapa al proyecto. Hojeando un antiguo número de la revista Sur volví a dar con un artículo sobre pintura rusa de los siglos XIV y XV que muchas veces había pasado por alto y que esta vez me decidí a leer. Trataba sobre íconos… pero también se hacía mención de algo llamado iconostasis y esto sí me llamó la atención. El iconostasis es una especie de biombo o retablo de grandes dimensiones, totalmente cubierto o formado de íconos. No es una simple agregación, está visiblemente organizado en función de una imagen central de mayor tamaño e importancia simbólica”. Así, con ese principio y esa jerarquía, nació su serie de Iconostasis de finales de la década de 1970 y de principios de la de 1980.

Ese antiguo número de la revista Sur es el de abril de 1946 (el 138) y el ensayo lo firmó Vera Macarov. Podría haber conocido Hlito El arte del ícono. Teología de la belleza, el libro de Paul Evdokimov que salió en francés casi en los mismos años en que él empezó a imaginar sus efigies. Tal vez no le hubiera hecho falta porque ya había encontrado todo lo que necesitaba. La de Evdokimov no es una historia del ícono: No es una historia; es más bien un tratado de estética que va mucho más allá de su objeto inmediato, aunque tal vez sea mejor decir que nos revela la acuciante actualidad de su objeto. Volvió a publicar el libro esta semana el sello Ágape en una nobilísima edición. En un medio crítico y artístico que se tomara a sí mismo en serio, el ensayo de Evdokimov tendría que ser bibliografía obligatoria para quien no lo hubiera leído antes. Pero la mayor parte de ese medio no se toma en serio a sí mismo ni toma en serio a los demás y sigue convencido de que en la amenidad de las chatarras de la neovanguardia hay más novedad que en el ícono ruso o, por caso, en la serie de Iconostasis, de Hlito.
En realidad, la primera parte, “La Belleza”, es más bien una meditación sobre el bien, lo verdadero y lo bello anudados por la contemplación. Lo dice Evdokimov: en el ícono, el conocimiento no se separa de la contemplación. Por su parte, las páginas dedicadas al ícono de la Trinidad, de Andrei Rublev, y al ícono de Pentecostés son antológicos.

Hlito encontró una admirable solución morfológica, pero la forma no viene vacía, y menos que ninguna la del ícono. Evdokimov refiere pormenorizadamente en su libro la función litúrgica del iconostasio. En el ícono, hay una impresión que es de índole suprahistórica; para decirlo en palabras de Evdokimov, “la luz visible de lo absolutamente invisible”. Macarov anotó una constatación que le habría gustado a Evdokimov: “Es poco decir que el ícono sea idealista; es trascendente. No hay en ella naturaleza material: ni día, ni noche, ni espacio, en el sentido humano, ni tiempo”.

Ese entusiasmo le llega al artista Hlito por la forma; puede ser también que fuera el entusiasmo aquello que lo orientó a la forma.
 
link a la nota original: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-luz-que-no-se-ve-nid23062021/